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Emoción es el sustantivo que algunos expertos usan para definir la práctica enoturística, otros utilizan el adjetivo seductor ya que nos acerca al mundo del vino y a sus recovecos. Estamos de acuerdo: es emoción y es seducción, pero para Rioja es, sobretodo, fuente de energía y de salud.

Se acerca Semana Santa, la oportunidad perfecta para desconectar de la rutina, llenarse de energía positiva y disfrutar de unos días maravillosos. ¿Cómo conseguirlo? Muy fácil, visitando una zona vinícola, como bien podría ser Rioja.

Respirar aire puro, restablecer nuestro equilibrio en un entorno natural y adentrarse en el fascinante mundo de la cultura del vino o lo que es lo mismo, crear un oasis propio de felicidad.

 

Para RIOJA, el enoturismo contribuye a mejorar la salud, ya que promueve los principales valores de la cultura del vino, aquellos que hacen referencia a un estilo de vida sano y saludable. Viajar y reencarnarse en Baco por unos días libera endorfinas. Vivir lo auténtico en lugares auténticos en los que tradición, gastronomía y vino se unen junto a enclaves de gran belleza ¿qué más se puede pedir para protagonizar una particular road movie?

Viajar predispone a nuestro cerebro, lo activa y lo vuelve más creativo. En una buena ruta enoturística, dichos efectos se multiplican, ya que cualquier momento es multisensorial, nuestro cerebro se abre y se adapta a nuevas sensaciones (visuales, aromas, sabores...) y siempre de forma favorable, por lo que nuestra salud está mejorando. Además, almacenamos nuevos recuerdos, escribiendo nuestro propio storytelling.

Toda buena ruta debe iniciarse andando entre cepas, acariciando la tierra para entender porque ese lugar emana un carácter especial. El vínculo entre el hombre y las vides es de los más longevos, una relación que sustenta el poder curativo y protector de la naturaleza. Por ejemplo, un paseo entre viñas reduce el estrés y fortalece el sistema inmunológico debido a que la presión arterial, la tensión muscular y el nivel de hormonas estresantes disminuye más rápidamente en ambientes naturales. El cuerpo se siente mejor, respira y se predispone a seguir descubriendo nuevas sensaciones.

No hay que temer a las salas de catas, al contrario, son espacios para jugar y disfrutar, son el refugio para aprender y retrotraer sabores y aromas de otro tiempo. Para conocer la historia que hay tras cada botella y saber que cada copa de vino nos transmite la expresión de una zona, de una tierra... Cada gesto encuentra su respuesta. Una liturgia en la que emoción y seducción maridan a la perfección. Seguimos liberando endorfinas.

Adentrarse en el mundo del vino, también supone descubrir auténticas maravillas artísticas como los impresionantes museos vitivinícolas existentes, arquitecturas vanguardistas, prestigiosos ciclos de conciertos, etc.

Y es que no nos cansamos de decir que el vino nos atesora grandes sensaciones y momentos inolvidables, convirtiéndose en el ingrediente fundamental de un estilo de vida saludable.

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